A los 30 años cuando Alejandra de Cima estaba en
medio del tratamiento contra el cáncer, se percato de
que había hecho muchas cosas contra su voluntad. Entonces
decidió que de ahí en adelante solo haría
lo que determinara y que disfrutaría de la vida; fue entonces
que se reinventó.
Alejandra de Cima es la presidenta honoraria de la Fundación
Cim*ab, Asociación Mexicana contra el Cáncer de
mama, A.C., cuya misión es educar e informar sobre las
diversas formas de prevención del cáncer de mama,
con el fin de ayudar a reducir el numero de muertes debidas a
este padecimiento. Al analizar en retrospectiva su labor en Cim*ab
refiere con seriedad: “A cinco años y medio,
veo muchísimos avances ante la percepción de la
gente a un tema que de entrada es difícil, porque da mucho
miedo”.
A través de años han ayudado a muchas mujeres
que se han tratado a través del Instituto Nacional de
Cancerología, otras muchas han recibido apoyo emocional
y una cantidad mayor ha asistido a las platicas testimoniales.
Ahora la Fundación esta haciendo un video que se llama Abriendo
los Ojos para comunidades rurales, con el fin de que cada
mujer de este país tenga esta información que puede
salvarle la vida.
Esta brillante mujer nació en Guadalajara, en enero de
1971. La familia radicó en Mazatlán ya que su padre
es originario de este puerto. Tras haber terminado la preparatoria.
Alejandra fue a estudiar arte en la Universidad Americana de
Paris. Allí tomó cursos de mitología, impresionismo y
post-impresionismo, así como un diplomado en traducción.
Al mismo tiempo empezó a trabajar en el área de
servicio comercial de la Embajada de México en Francia.
Parece como si sus grandes ojos azules sonrieran cuando habla
de aquellos tiempos.
A su regreso apoyó a nuevos talentos del arte nacional.
En el año 2000 culminó el proyecto con la creación
del portal de Internet: redplastica.com, en ese sitio se promovió la
participación de estudiantes y conocedores de arte
en todo el país.
A mediados del 2001, se enteró que tenía cáncer
de mama. Ha relatado infinidad de veces que comenzó a
preocuparse al detectar una bolita en uno de sus senos, y como
lo narra en su testimonio, no se quedó tranquila con el
primer diagnostico, sino que insistió y eso le salvó la
vida, porque la enfermedad le fue detectada a tiempo. Por fortuna,
pudo recurrir a un tratamiento de excelencia sin dejar que transcurrieran
más días.
De modales suaves y elegantes, se crispa un poco al recordar: “Lo
primero que pensé cuando me dieron la noticia de que tenia
cáncer, era que me iba a morir. En ese momento no tuve
cabeza para hablarle a nadie”. Sus padres y sus hermanas
Olivia, Mónica, Adriana, Fernanda y su hermano, Sergio
estaban devastados por la noticia. La mirada clara se le
fija en el vació: “Me dolía pensar que podía
morirme y de las muchas cosas que me faltaban por hacer”. Antes
de que le detectaran el mal, Alejandra carecía de información
acerca de la enfermedad.
Rememora que en sus 30 años de vida no había visto
un solo mensaje sobre la autoexploración, ni de cómo
realizarla y de que podía hacerse en caso de encontrar
algo anormal. Sus primeras reacciones fueron de enojo y decepción
ante la vida; ella sentía que había sido una buena
persona y que debía recoger lo que sembraba, más
no una enfermedad tan terrible como el cáncer.
Con mucha fuerza de voluntad inició una curación
de radioterapia que duró 3 meses y de lunes a viernes
se enfrentó al tratamiento. La absoluta determinación
de curarse y las nuevas metas de cada día le inyectaron
ganas de luchar. Habla del dolor físico y del miedo, pero
también de la voluntad y la disciplina. “Durante
ese período pensaba que lo que tenia que hacer era demostrarme
a mi misma y a mucha gente que si podía, y que lo lograría;
desgraciadamente llevé decepciones del tamaño del
mundo y reacciones de la gente”.
Se desesperó, se sintió sola y traicionada hasta
por la vida misma. Ahora entiende que mucha gente no esta preparada
para enfrentar algo así cuando no estaba en su plan de
vida, pero en aquel momento fue muy doloroso. Muchos de ellos,
después le han pedido perdón o simplemente le han
dicho que les hubiera encantado haber tenido la fortaleza para
estar con ella, pero que eso de ser fuertes no era lo suyo. Alejandra
ha tenido que aprender muchas cosas además de perdonar.
Revela que practica yoga. Al tenerla cerca, se le percibe como
una mujer rodeada de una calma etérea que privilegia el
color blanco, tanto en la ropa como a su alrededor.
Explica que dejó de preocuparse por nimiedades. Como
no, si su vida estaba en juego. Decidió vivir y aceptar
las cosas como vinieran. “A partir de ahí empecé a
hacer cosas solo si así lo decidía y no porque
tuvieran que hacerse”. Se percató de que había
muchas cosas que no había querido hacer. Acto seguido,
se preguntó si iba a seguir así o si iba a disfrutar. “Creo
que en la respuesta encontré mi reinvención”,
dice con una determinación luminosa. l
Cuenta que días después de que terminó el
tratamiento contra el cáncer, conoció a Bertha
Aguilar, quien también sufrió y venció al
cáncer. Durante una platica, ambas se dieron cuenta de
que tenían las mismas inquietudes por ayudar. Al principio
querían lanzar una línea de información,
pero hicieron todo menos eso. El proyecto creció gracias
a un excelente grupo de trabajo en el que participan voluntarias
y profesionistas especializados.
Al recibir los resultados que indicaban que el cáncer
estaba erradicado, Alejandra comenzó a considerarse una
mujer muy afortunada por no haber estado invadida de esa enfermedad
(metástasis) y también por haber encontrado a los
médicos adecuados. Estaba agradecida. Pensó en
los días oscuros de llanto que ella sentía no merecer. Y
resolvió hacer algo: compartir la experiencia y luchar
para prevenir este mal, luchar para que otras mujeres que estuvieran
pasando por esa situación pudieran tener un mejor tratamiento.
Recuerda con afecto que el primer apoyo que recibieron fue una
entrevista que Gaby Vargas les hizo, inmediatamente después
de su presentación oficial el 3 de octubre del 2002. Fue
tal la presión y el amor a la vida que irradiaban las
dos, que de ahí se desencadenaron una serie de apoyos.
Y hace un agradecido reconocimiento a su primer patrocinador,
la marca de jabones Dove. Menciona que ellos confiaron y creyeron
en ellas y en la causa: “Fuimos lo suficientemente convincentes
para que se subieran a nuestro barco, nos aportaron una buena
cantidad de dinero que nos ayudó a darnos a conocer y
hacernos de un buen fondo para continuar”.
“Mi socia y yo nunca nos imaginamos estos logros. Iniciamos
la Fundación con muchísimo cariño, con mucho
compromiso, sobretodo con agradecimiento a la vida por esta segunda
oportunidad. Nunca pensamos que pudiéramos tener tanto éxito
y que fuera a ser tan grande”. Refiere que caminaron incansablemente
hasta que se dieron cuenta de que la problemática en México
es enorme, y que la enfermedad rebasaba sus esfuerzos, pero no
que se rendirían.
Dice que jamás podrá agradecer haberse enfermado,
pero considera que el haber involucrado en la Fundación
Cim*ab fue algo bueno que el cáncer trajo a su existencia.
Su vida cambió totalmente; entre los reacomodos también
pasó por un divorcio y este tipo de situaciones cambian
la vida de cualquiera. “Pero depende de cómo reacciona
una y en mi caso ha sido para bien. Me percibo como una mujer
de ideas bien claras, con muchas ganas de vivir, con todo el
deseo de aprovechar la vida al máximo”.
Alejandra de Cima sostiene que para afianzarse a la vida es
necesario desear culminar algo que sea muy importante para quien
esta en la lucha, y subraya que tener objetivos claros ayuda
mucho en el camino a la salud. Ella siempre quiso ser madre y
esa fue una de sus metas. Dice que pensaba: “No me puedo
morir porque todavía no soy mamá”. Ahora
tiene una niña de casi dos años y tiene tres meses
de embarazo de su segundo bebé. “Hoy lo que me motiva
es mi familia, mi hija, mi bebé, mi marido”.