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El listón rosa y más
Revista Manglar
Enero de 2005
Por: Bernardo Hernández


Hay esperanza, hay dolor, hay necesidad de hacer algo. No sólo algo, hay que hacer mucho. La batalla contra el cáncer de mama es su trabajo, punto medular en su proyecto de vida, la causa que convierte a Alejandra de Cima en una mujer con una misión tan grande como su esfuerzo. Ayudar.

OK, lo acepto: soy un prejuicioso de lo peor y, precisamente por eso, me llevo cada sorpresita... lo bueno es que a veces dichas sorpresas resultan bastante agradables. Tal fue el caso de Alejandra de Cima, a quien no conocía en persona pero tenía muy presente como una de las consentidas de las páginas sociales: sonrisa mesurada, look políticamente correcto y moñito rosa en la solapa de una chaqueta de tweed. Por algún oscuro proceso mental que no pienso desmenuzar en estas páginas, imaginaba que Mademoiselle de Cima tenía cierta actitud protagónica poco cool. Pues bien, me bastaron diez minutos con ella para asumir no sólo que mi percepción era 100 por ciento errónea, sino también para descubrir a una guerrera (eso sí, con bolso Luis Vuitton) dispuesta a todo con tal de conseguir su objetivo.

“Lo que nosotros hacemos, lo que intentamos hacer con todo esmero y dedicación, es brindar una nueva esperanza de vida a las mujeres mexicanas que padecen cáncer de mama”, señala Alejandra con una puntualidad que no deja lugar a dudas sobre la finalidad que persigue, desde hace dos años la Fundación Cima. “En este tiempo nos hemos enfrentado a muchas cosas, a mucho dolor y también a mucha alegría al ver cómo paulatinamente la gente asume que cáncer de mama no significa olvidarse de una vida plena”, comenta.

Así que, a predicar con el ejemplo. Verla trabajar es comprobar que las mujeres, tal y como se afirma desde hace tiempo, son de Venus. La capacidad de trabajo de Alejandra es algo fuera de este mundo. Parecería que tiene prisa, mucha prisa por recaudar fondos, llevar información a sitios y eventos estratégicos y organizar foros, pláticas y conferencias de orientación para todo aquel que desee escuchar. Y en efecto, ella tiene prisa por modificar una cifra oscura: cada dos horas y 20 minutos muere una mexicana por cáncer de mama. En otras palabras, es la segunda causa de muerte entre mujeres mayores de 25 años.

Compromiso con la vida
“Soy muy afortunada, primero por estar viva; segundo, por estar emocionalmente bien. La Fundación es una manera de agradecerle a la vida esta oportunidad que me ha dado de seguir aquí, y mi manera de demostrarlo es trabajando y haciendo algo por crear conciencia”, señala la Presidenta de la Asociación Mexicana Contra el Cáncer de Mama. Buena idea esa de crear o, por lo menos, despertar la conciencia. Tal vez sea la maldita televisión, la basura Made in Hollywood, el exceso de (malas) fiestas, la falta de (buena) literatura, la sobredosis de todo tipo de toxinas legales e ilegales, la pornografía o las hamburguesas de McDonald’s, pero lo cierto es que conciencia es justamente lo que nos falta a todos, como sociedad y como individuos, para que la lucha en contra del cáncer de mama no sólo sea asunto de Alejandra y los suyos, sino de todos nosotros.

“Nuestro circuito de pláticas y conferencias testimoniales ha funcionado muy bien en el terreno personal de concientización. Son experiencias de vida que nos comprometen con nosotros mismos, que nos dicen ‘esto está pasando, esto está ocurriendo, tú decides si quieres verlo, enfrentarlo, asumirlo o cerrar los ojos’. Hemos visitado diversos ambientes, universidades, empresas y asociaciones, y a las pláticas han asistido más de 10 personas”, señala con satisfacción la mente maestra del plan.

El efecto ha sido alentador. Durante dichosos intercambios, Fundación Cima ha distribuido toneladas de folletos de autoexploración y ha transmitido información básica para la detección oportuna de esta enfermedad. “Basándonos en los resultados obtenidos, vamos a continuar enriqueciendo este enfoque para incrementar el número de mujeres a nivel nacional, pues la idea es llegar a todos los sectores de la población”, asegura.

¿Es este el nuevo reto de la Fundación Cima?
“El reto siempre ha sido el mismo, aunque con diferentes facetas. El reto al que nos enfrentamos ayer, hoy y al que nos seguiremos enfrentando siempre es reducir el número de muertes por cáncer de mama. Se trata de un proyecto de vida. Es una lástima, una tristeza que la gente muera por una enfermedad que no necesariamente es mortal. Todos nuestros esfuerzos van dirigidos a eso”. Prueba de ello es el documental ‘Un día más’. Si bien el equipo que participó y se involucró hasta el tuétano en esta obra es pequeño en número, es enorme en talento, y sobre todo, en entusiasmo, mismo que Alejandra va contagiando a quienes desean armar un proyecto positivo y no sólo divulgar sobre lindas ideas que jamás llevan a cabo.

“Somos muchas las mujeres que hemos aceptado el desafío de no dejarnos vencer por este padecimiento y que hemos hecho nuestra la responsabilidad de apoyar a quienes viven una situación similar. Estamos vivas y éste es el mejor testimonio que podemos ofrecer”, apunta Alejandra. Bajo la dirección de María Inés Roqué, ‘Un día más’ conmueve, dignifica, subraya, desmitifica y toca fibras que activan lo mejorcito (poco o mucho) que llevamos dentro: solidaridad, capacidad de reflexión, optimismo, amor. Destacar la importancia de la prevención y el tratamiento del cáncer de mama es el meollo del asunto, pero la cosa va más allá. Sobresale, por encima de las cualidades artísticas y sociales que posee el documental, la materia prima con la cual trabaja Alejandra: un compromiso lo suficientemente luminoso para hacernos ver con mayor claridad dónde estamos parados.

Del miedo y los fantasmas
Cuando le pregunto qué es más difícil combatir, si el temor ante el cáncer de mama o la falta de información al respecto, Alejandra no puede evitar cambiarse al otro lado, el personal, que había mantenido discretamente a raya y hablar desde ahí: “Híjole, te voy a contestar esa pregunta en dos niveles. Primero, como sobreviviente, segundo como la presidenta de la Asociación Mexicana contra el Cáncer de Mama. Como sobreviviente te puedo decir que el miedo que causa la palabra cáncer y en mi caso, el miedo de una recurrencia, es indeleble, es algo que va a estar ahí toda la vida, acompañándome; es algo con lo que trabajo día a día, pero también es una marca en mi vida. Como profesional, te digo que el miedo es un factor terrible, tan nocivo como la ignorancia o la falta de información porque se convierte en un factor para detectar tardíamente el cáncer. Y detectarlo a tiempo puede ser la diferencia entre vivir o morir”.

¿Cuántas mujeres saben que existe la autoexploración y cómo se realiza correctamente? ¿Cuántas más saben que el cáncer de mama no siempre se presenta por cuestiones genéticas? ¿Cuántas han descubierto que, un diagnóstico temprano, permite su curación? ¿Cuántas?

“No lo sé, pero de dos años atrás a la fecha, hay más acción al respecto. La fundación nació como una necesidad personal de hacer algo por las mujeres, de modificar en lo posible el panorama y tomar cartas en el asunto. No sé cuántas personas tengan la información necesaria sobre esto pero estamos esforzándonos para que cada día sean más”, asegura una Alejandra que acepta la vida como es, con las satisfacciones, frustraciones y fantasmas que tiene, con todo aquello que la enfermedad se lleva y deja.

“Yo no perdí un seno, pero como muchas otras mujeres, perdí mi autoestima y lo que esto implica”. No necesita decir más. Se recuperó, dejó atrás lo que debía quedarse ahí, en el pasado. También ahí se quedaron quienes no debían, podían o querían acompañarla hasta aquí, el punto sin terno que significa el asumir una responsabilidad social tan grande. ¿No es demasiado desgastante? “Sí, en ocasiones, pero también es gratificante”, confiesa. Por eso a veces se desconecta, se escapa una semana y ya se pueden caer de mensajes los teléfonos y la computadora, que ella no hace el menor caso. “Cuando veo como una chica que va recuperándose poco a poco, mejorando, consiguiendo estabilidad en todos los aspectos, un día muere, me falta fuerza para continuar en la oficina y hacer esa llamada para organizar algo. Simplemente no puedo, por eso me tomo un tiempo, para volver, levantar el teléfono y seguir haciendo llamadas”.

Dice que la inspiran todas las mujeres que la rodean. Debe ser cierto. Dice, igualmente, que al despertar lo primero que hace no es pedirle algo a Dios, a la vida, a la naturaleza, a Buda, a Mahoma o a quien sea; lo primero que hace es dar gracias, quizá a todo y a todos juntos, por seguir aquí. También esto debe ser cierto. Hay honestidad en su mirada y en sus palabras. Finalmente, hay una pregunta que necesito hacerle: Si pudieras recuperar algo que has perdido ¿Qué sería? Sonríe, está pensando detenidamente su respuesta. Junta las manos como si fuera a rezar y las coloca a la altura de los labios. “No quiero sonar contradictoria” -susurra- “pero me gustaría recuperar la inocencia”. Ahora ríe. “Primero te digo que es fundamental informarse y ahorita te digo esto, espero que no me malinterpretes”.

Quién sería tan bruto para malinterpretar lo que dice. Bueno, sinceramente, es probable que yo mismo lo hubiera hecho de sentarme a platicar con ella y comprender que no importa si parte de su trabajo implica transitar entre las burbujas y la parafernalia de la doce vita. Lo que importa es lo que hay detrás, esa fuerza que ha encausado correctamente y la hace brillar en cualquier sitio donde pone un pie. Por eso las fotos, los reflectores y el escaparate. Por eso, también, el listón rosa en el pecho. Por eso, esto ha sido una lección. Por eso y por todo lo demás, gracias. Muchas gracias.

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